No fue domina porque la villa fuera suya, sino porque era la esposa de su dueño, Saturninus. Vivía allí, mandaba en la casa, y desde allí gobernaba todo lo demás.
Porque Lucrecia ya tenía su propia villa: la de Vallbona.
Desde La Sagrera la administraba. Era su tierra, su herencia, su fundo. El Lucreciano. Desde la casa de su marido controlaba las cosechas, las prensas, las cuentas y a la gente de su propia villa, que estaba a un paso, al otro lado del camino, junto al acueducto.
Hasta que llegó el día en que dejó de ser suya.
Y no la perdió ante un extraño. Se la quedaron su hija y su yerno.
Su hija se casó con Numisiano, y con ese matrimonio Lucreciano pasó a ser Numisiano. La fosa, las placas, los cacharros rotos. No fue una conquista, fue un traspaso de familia. La villa de la madre pasó a ser la villa de la hija y de su marido.
Y después, al hijo de los dos.
El nieto de Lucrecia heredó las dos villas, la de su abuela y la de su padre. Pero ya no se llamó Lucreciano. Se llamó Numisiano.
Porque en Roma el nombre lo daba el padre, no la madre. La sangre de Lucrecia seguía en aquel niño, en aquella tierra, en aquella casa. Pero el nombre de Lucrecia desapareció y el fundo Numisiano hizo linde con el Porciano (Montcada)
